Pregón de la Semana Santa 2026

EL OBISPO DE HUESCA, PEDRO AGUADO, PRONUNCIA EL PREGÓN DE LA SEMANA SANTA
(Viernes, 27 de marzo, iglesia parroquial de Santo Domingo y San Martín)

Este viernes, 27 de marzo, en la iglesia parroquial de Santo Domingo y San Martín, el obispo de Huesca, Pedro Aguado Cuesta, ha inaugurado la Semana Santa de la capital con la lectura del pregón, en el que supone su primer año al frente de los numerosos actos que marcan esta celebración. El acto abrió oficialmente un programa que se desarrollará en los próximos días con diversas celebraciones litúrgicas y procesiones.

La apertura corrió a cargo del mayordomo primero, José María Río, quien introdujo el tono solemne de la ceremonia. A continuación, el vicario general, José Alegre, fue el encargado de presentar al autor del pregón, en un momento que marcó el inicio de uno de los actos más esperados por la hermandad.

Durante su intervención, pronunciada en el Viernes de Dolores ante un templo lleno de fieles, el prelado destacó el sentido religioso de estas fechas, centrado en la reflexión sobre la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, “misterios que nos dieron nueva vida”. El obispo quiso resumier en tres verbos lo que vamos a vivir estos días: “celebrar, contemplar y testimoniar”. Según explicó, estos tres términos “ayudan a expresar lo que es nuestra Semana Santa y el sentido de nuestras cofradías, así como de todas las diversas actividades que llevamos adelante entre todos”.

En el transcurso del evento, se vivió uno de los momentos más destacados con el nombramiento como Cofrade de Honor de Ernesto Escar, quien fuera jefe de protocolo del Ayuntamiento de Huesca. El reconocimiento fue recibido con una cálida acogida por parte de los asistentes.

El acto concluyó con una nota musical a cargo de la Coral Oscense, dirigida por Elisa Betrán quien al finalizar el acto recibió de parte de la Archicofradía un obsequio. Sus dos interpretaciones pusieron el broche final a la ceremonia, envolviendo el templo en una atmósfera de paz, serenidad y trascendencia que dejó una profunda impresión entre el público presente.

Pregón de la Semana Santa de Huesca

Distinguidas autoridades civiles, militares y eclesiásticas de Huesca
Estimados miembros de la junta de la Archicofradía de la Santísima Vera Cruz
Estimados priores de las diversas cofradías de nuestra Semana Santa oscense.
Estimados hermanos y hermanas
Queridos conciudadanos

Como obispo diocesano de Huesca, es para mí un honor extraordinario pronunciar el PREGÓN que abre la celebración de la Semana Santa en nuestra ciudad y en nuestra diócesis de Huesca.

Es un honor y es, a la vez, un reto, porque este año es la primera vez que podré participar en algunos de los diversos y abundantes actos de nuestra Semana Santa que jalonan, día a día, la celebración, el recuerdo y la reflexión sobre los Misterios que nos dieron nueva Vida, esto es, la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Quisiera comenzar agradeciendo a D. José Alegre, nuestro Vicario General, la presentación que ha hecho de mi persona. D. José es un estrecho colaborador del obispo, conoce y ama la diócesis, y le estoy muy agradecido por todo su trabajo. ¡Gracias, José!

En estos meses he podido ir conociendo, poco a poco, diversos aspectos de nuestra historia, del proceso progresivo de enriquecimiento de los actos propios de nuestra Semana Santa, de la formidable devoción e identificación de los y las oscenses con todo lo que conmemoramos esta Semana. Todo esto es muy importante, porque todo lo que estamos llamados a vivir en esta semana nos ayuda a identificarnos con nuestra historia y con nuestras raíces; nos invita a agradecer la vida y la dedicación de tantas personas que dieron lo mejor de sí mismas por nuestra ciudad y nuestras tradiciones, y nos hace sentirnos orgullosos y contentos de pertenecer a un pueblo y a una Iglesia. Estos aspectos constituirán una parte de mi pregón.

Como podéis imaginar, otro sencillo capítulo del pregón estará centrados en los Misterios que celebramos, en los acontecimientos que marcaron para siempre la historia de la humanidad y que abrieron la puerta a una nueva Vida, plena y llena de sentido, portadora de salvación y libertad, donadora de sentido y de horizonte, todo ello según el querer de Dios: el amor incondicional para con todos los seres humanos. Por eso esta semana es SANTA, porque expresa, revive y propone el amor de Dios por nosotros. Y esta, y no otra, es la tarea del obispo.

Terminaré el pregón con algunas referencias a lo que la celebración de nuestra Semana Santa puede suponer para todos nosotros.

I-NUESTRA SEMANA SANTA

Creo que una de las claves de nuestra Semana Santa es que es algo vivo. No es sólo una sucesión de procesiones, pasos, actos litúrgicos o sociales, que son importantes y los queremos y valoramos. Es, por encima de todo, la expresión de lo que a lo largo de los años y de los siglos nos ha ido configurando como personas y como oscenses, y lo sigue haciendo, porque año a año aparecen signos de vida y recuperamos aspectos valiosos.

Por ejemplo, supe que en la última Semana Santa recuperasteis una bella tradición en la solemne procesión del Santo Entierro: los doce apóstoles, encarnados por doce personas que vistieron sus túnicas y nos recordaron -y nos recuerdan- que nuestra fe es apostólica, que está fundamentada en el cimiento de los apóstoles, personas sencillas pero apasionadas por Cristo y transformadas por Él. Estos doce apóstoles nos ayudan a recordar de dónde venimos y la importancia del testimonio de fe de aquellos que nos sentimos transformados por el Señor Jesús. La fe cristiana, hermanos, es apostólica. Felicidades por recuperar esta tradición.

Es bueno agradecer a tantas personas que, a lo largo de la historia, han contribuido con su entrega, dedicación y buen hacer, a enriquecer e ir dando forma a la preciosa Semana Santa que tanto amamos en Huesca. Claro que no es posible citar a todos, pero es bueno que algunos nombres y algunos hechos aparezcan en un pregón.

Por ejemplo, es bueno dar gracias a Dios por la vida y obra de D. Celestino Vila. La actual procesión del Santo Entierro es, salvo pequeñas variaciones, la que nos dejó don Celestino, sacerdote y maestro de capilla de la catedral durante el final del siglo XIX y que sirvió como mayordomo primero en la Archicofradía de la Santísima Vera Cruz. La obra sonora de Los Ministriles, con música propia y específica de la semana santa de Huesca, es obra suya. Es bueno reconocerlo, agradecerlo y orar por él, desde la medida de nuestra fe. 

Y recordando a las personas del pasado a las que nos debemos, es bueno citar al hermano Martín Coronas, jesuita y oscense. En la procesión del Santo Entierro aún lucen los estandartes con los misterios dolorosos que él pintó. También le debemos a él la vestimenta de los personajes del Antiguo Testamento que procesionan por nuestras calles.

Nuestra Semana Santa es fruto del trabajo y de la generosidad, a veces anónima, de muchos oscenses de nacimiento y de corazón. Por ejemplo, es bueno recordar a D. Demetrio Segura Gavín, que desde 1936 a 1966 fue párroco de Santo Domingo y San Martín, y consiguientemente, Prior de la Archicofradía. En sus tiempos, con la ayuda de los cofrades Vicente Ferrer y Antonio Baso y de Daniel Montorio -que era un músico oscense residente en Madrid- y la ayuda económica de algunos oscenses que residían en Madrid, adquirieron el actual Cristo yacente que tanto veneramos. El autor es José Capuz. El Cristo yacente que querían comprar, porque les entusiasmaba, era un poco caro. Pero entre todos lo compraron -en los Talleres Granda – y hoy lo podemos venerar.

En la mañana del Sábado Santo lo podremos venerar en la parroquia de Santo Domingo y San Martín, en esa bendita mañana plena de serenidad, de esperanza, de ansiosas preguntas, de honda interioridad. Esa mañana nos podremos sentir como María Magdalena, que iba al sepulcro a ungir el cuerpo del Señor, o como María, con esos ojos tan llenos de dolor como de amor y esperanza, cuando contemplaba el cuerpo sin vida de su hijo, en sus brazos de madre. 

Nuestra Semana Santa tiene mucho de contemplación. Vamos a ver procesionar numerosos pasos, todos ellos valiosos, bellos, suscitadores de nuestro silencio contemplativo y, para los creyentes, de nuestra fe conmovida. Contemplaremos pasos de diversos escultores, de épocas y estilos diferentes. Entre ellos, escultores como el hermano Pedro Nolivos, Cristóbal Mendoza, Tomás Marqués, Felipe Coscolla, Vicente Vallés, Fructuoso Orduna o los hermanos Larruy. El arte, la fe y la tradición se unen en esas esculturas que amamos y contemplamos, porque nuestra Semana Santa conjuga de manera armoniosa la fe, la tradición, la cultura y la identidad de nuestro pueblo, que se ha ido configurando, a lo largo de los años, encarnando todo ello en las personas, en las familias, en las instituciones, en las asociaciones, en las cofradías y en la Iglesia. Somos hijos de una preciosa tradición que hay que amar, custodiar y transmitir.

Las diversas cofradías procesionarán, con sus pasos, por las calles de nuestra ciudad. Cada una de ellas nos ayudará a contemplar un momento de la pasión de Nuestro Señor. Contemplaremos su Pasión salvadora desde el momento inicial, en la cena con los discípulos, hasta el momento final de su muerte redentora, y podremos también acercarnos al acontecimiento pascual de su resurrección. Como pregonero, pero también como vuestro obispo, quiero expresar mi profundo agradecimiento a cada una de las cofradías y grupos procesionales, por su ayuda y dedicación al testimoniarnos estos acontecimientos que cambiaron para siempre la historia de la humanidad. ¡GRACIAS!

II-LOS MISTERIOS QUE NOS DIERON NUEVA VIDA

Quiero también dedicar un segundo momento de este PREGÓN a contemplar los misterios que celebramos en estos días. Además de lo que viviremos en cada procesión, cada una de ellas centrada en un momento concreto de la Pasión del Señor, nuestra Iglesia celebrará algunos actos litúrgicos especialmente significativos a los que estamos todos invitados, en la medida de nuestra fe y de nuestro deseo de vivir el sentido religioso de estos días. Citaré sólo algunos.

Siempre hay un componente de sorpresa y de admiración en estos días: ¿cómo es posible creer en un Dios crucificado por los hombres? ¿Cómo es posible vivir y creer desde una religión que procede de una experiencia tan increíble como la que recordamos en estos días? Esta es, precisamente, la grandeza de la Semana Santa que nos disponemos a vivir en nuestra ciudad: “tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él tenga vida eterna” (Jn 3, 16).

El miércoles santo, por la tarde, celebramos la Misa Crismal. En ella, todos los sacerdotes de la diócesis concelebran con el Obispo y renuevan las promesas sacerdotales que hicieron el día de su ordenación. Algunos las hicieron hace muchos años; otros hace poco. Pero todos ellos renovarán sus promesas de tratar de ser, para la comunidad, los sacerdotes que necesitamos. En esa Eucaristía, el obispo consagra el crisma para los sacramentos, el óleo de los enfermos y el óleo de los catecúmenos. Ese crisma y esos óleos ungirán la fe de quienes los reciban a lo largo del año.

El Jueves Santo celebramos con serena alegría la institución de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial, así como el día en el que el Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo. Ese Amor es la fuente del amor fraterno que somos llamados a vivir. Ese es el día en el que el Señor lava los pies de sus discípulos, en el que celebra la primera Eucaristía, en el que vive en profunda oración -ansiosa- su confianza en el Padre, en el huerto de Getsemaní. Por eso, la noche del jueves al viernes, en la madrugada del Viernes Santo, nos recogemos en profunda contemplación de María y del Señor. Esa es una noche diferente, como lo fue para Jesús. 

El Viernes Santo contemplamos, con profundo sentimiento, la pasión y muerte del Señor. La cruz es para nosotros una señal de bendición porque antes fue, para Jesús, el lugar de su entrega generosa para nuestra salvación: sus heridas nos han curado.

Y en la Vigilia Pascual y el Domingo de resurrección, que se prolonga a lo largo del tiempo pascual, recibimos el mejor regalo: Cristo vive y te quiere vivo. Y somos enviados a testimoniar a Cristo en todos los ambientes en los que nos movemos.

Celebrar, contemplar y testimoniar son tres verbos que sintetizan lo que vamos a vivir y lo que somos invitados a compartir y a transmitir en estos días. Son tres verbos que nos ayudan a expresar lo que es nuestra Semana Santa, y lo que es el sentido de nuestras cofradías y de todas las diversas actividades que llevamos adelante entre todos: niños, adultos, hombres y mujeres, todos unidos por un mismo deseo y una misma experiencia.

III-TRES MENSAJES PARA NUESTRA VIDA

Quiero terminar con un tercer momento este mi primer pregón de Semana Santa. Muchas veces he pensado qué es lo que os puedo proponer o sugerir en estos días para que podamos vivirlos con creciente autenticidad. He encontrado tres sugerencias que proceden de lo que celebramos estos días y que nos pueden ayudar a dar pasos positivos en nuestra vida personal, familiar, social y eclesial.

En primer lugar, estos días son una invitación a levantar nuestra mirada a Dios y a entrar en lo profundo de nuestro corazón. Elevar la mirada y hacerla entrar, en profundidad, en lo que habita en el fondo de nosotros mismos. No puedo ni debo meterme en vuestras opciones personales, pero sí que sé una cosa: todos tenemos preguntas fuertes en nuestro interior. Todos nos preguntamos por el sentido de nuestro viaje, de nuestro trabajo, de nuestras dificultades y alegrías. Todos tenemos una preciosa sed de eternidad. A todos nos conmueve el testimonio de las personas buenas que aman hasta el final, que sirven sin esperar nada a cambio y que perdonan y acompañan. Todos tenemos sed de bondad, de amor, de libertad, de escucha, de comunidad. Los cristianos damos un nombre a la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor: les llamamos los “misterios que nos dieron nueva Vida”.  Os deseo que estos días os ayuden a encontraros con el profundo deseo de Vida y de Dios que anida en vuestro corazón.

En segundo lugar, la Pasión del Señor nos impulsa a contemplar a todos los crucificados que hoy sufren, en muchas ocasiones por la incomprensión de sus hermanos. No les cerremos los ojos. Los que están lejos, sufriendo por una guerra, o por el hambre, o por un sistema que les impide vivir o soñar. Y los que están cerca, porque están solos, o porque no tienen donde vivir, o porque la enfermedad les desanima y les impide sentir y experimentar la alegría de vivir. Con su muerte, Jesús asumió también el dolor humano y da sentido a la esperanza. La esperanza cristiana consiste, esencialmente, en confiar en que las promesas de Dios se cumplirán, aunque muramos sin verlas. Eso es la fe.

Y, en tercer lugar, me gustaría recordar cómo acaba la Semana Santa. El Señor se aparece a sus discípulos y les dice: Paz a vosotros. PAZ. La palabra más deseada y quizá más manipulada. Pero la Paz es el bien supremo. Por eso es deseada por el Resucitado, y por eso es proclamada por los cristianos. Despojémosla de toda ideología y contemplémosla en lo que significa: la paz es fruto de la fraternidad. Y este es el mensaje de la Semana Santa.

Quiero ir terminando. Os invito a contemplar algo que a veces no contemplamos. Mirad, en cada procesión, a nuestra gente. Personas diversas, de edades, ideas y trayectorias diferentes, unidas en un silencio respetuoso contemplando algo que aman y que les une. Los oscenses tenemos tradiciones, personas y experiencias que nos unen. Cuidémoslas y vivámoslas con amor.

Estos días nos sitúan de lleno ante el centro de nuestra fe cristiana, pero también nos ayudan a encontramos con nuestra historia, nuestra cultura y nuestras tradiciones. En la Semana Santa conviven una honda experiencia de fe con una preciosa expresión de arte, de símbolos, de imágenes y de experiencias compartidas.

Os envío a todos mi saludo y cercanía en estos días, deseándoos que podáis vivir y celebrar con profunda serenidad y alegría la Semana Santa, y en la medida de vuestras libres opciones de fe, el Amor de Cristo. Como vuestro obispo, os deseo que Dios os conceda el precioso don de renovar vuestros mejores sentimientos y anhelos de vida y fraternidad. Igualmente, os agradezco vuestro trabajo, vuestra devoción, vuestra participación, vuestra entrega para que la Semana Santa de Huesca siga siendo, para nosotros y para quienes nos visiten, un espacio de vida, de fe y de serena contemplación.

Nunca olvidéis las palabras con la que Jesús se presenta, resucitado, ante los suyos: “La paz esté con vosotros”. Esa paz, serena y profunda, que procede de la transformadora experiencia del encuentro con Cristo, el Señor, sea siempre con vosotros. AMÉN.

Muchas gracias