ECCE HOMO
De entre todos los personajes que desfilan por los relatos de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, no es Poncio Pilato, precisamente, el que más simpatías concita. Populista cobarde, antepuso la seguirdad de su cargo a la búsqueda de la verdad y la justicia.
Siendo tan ruin, totalmente inconsciente del calado de su afirmación, el mezquino Prefecto romano presentó ante el gentio al Señor, azotado y coronado de espinas, con las siguientes palabras: “He aquí el hombre» (Jn 19,5).
No pudo decir mayor verdad. En Jesucristo contemplamos al hombre perfecto, al hombre en plenitud. Solo a su luz se esclarece el misterio de lo que realmente somos los hombres. Como puso de relieve el Concilio Vaticano II “Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación” (GS 22).
Jesucristo, el rostro humano de Dios, el Dios hecho hombre nos muestra la manera más
humana de vivir. En Él descubrimos la grandeza a la que están llamadas nuestras vidas,
aunque tantas veces nos parezcan pobres e insignificantes. Y esto nos ayuda a hacernos
conscientes de la dignidad que no se le puede arrebatar al ser humano. Y nos ayuda a
vislumbrar lo plenas y logradas que nuestras vidas pueden llegar a ser cuando somos capaces
de desvivirnos, como Él hizo, por amor a los hermanos.
Dices verdad, Poncio Pilato. Aunque solo sea por una vez la dices cuando presentas a la
Verdad como lo más humano de Dios y lo más divino del hombre. Ecce homo. El hombre
perfecto, logrado, que nos muestra lo mejor de nosotros mismos y se ofrece como Camino
para que podamos participar de su Vida haciendo más humana la nuestra, pues como también
afirma el Vaticano II “el que sigue a Cristo, hombre perfecto, también se hace él mismo, más
hombre» (GS 41).
Fernando Altemir Pardo
Prior de la Archicofradía de la Santísima Vera Cruz
